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Por Daniele Tardani, investigador del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes (CEGA) y profesor asociado de la Universidad Estatal de O’Higgins (UOH)

Como ya todos sabemos la sequía nos está afectando de manera grave en muchos aspectos, y uno de ellos es que la falta de lluvia merma las posibilidades de abastecimiento de agua para consumo humano. A esto se suma que las altas temperaturas, provocadas por el cambio climático, ocasionan un aumento importante en la evaporación de este recurso, lo que complica aún más esta problemática. Por ello, el uso adecuado de este elemento y el cuidado de las reservas es fundamental, estamos hablando no solamente de aquella agua que vemos sobre la superficie sino que también aquella que se encuentra bajo tierra.

Y, en este punto los acuíferos subterráneos cobran vital relevancia. En ellos se encuentra un alto porcentaje del agua que consumimos y son fundamentales en zonas costeras, donde el recurso hídrico superficial es salino y por ende inutilizable para riego, consumo humano y muchos de los procesos industriales.

Antiguamente, las ciudades se abastecían principalmente de agua superficial ubicada en lagos, ríos, lagunas, etcétera. Pero actualmente eso es prácticamente imposible, porque está en su gran mayoría contaminada, a excepción de lugares muy prístinos como puede ser la Patagonia. Así, principalmente se utiliza en represas y en algunas actividades industriales.

Entonces, todo lo que es producción de comida, abastecimiento de agua potable y riego de cultivos, en muchas partes del país y del mundo, se realiza mayoritariamente mediante el agua subterránea. En un reporte de la UNESCO, del año 2022, se menciona que el 70% de la extracción mundial de aguas subterráneas se ocupa para producción de comida. Esa agua es menos evidente, se infiltra en el suelo por las precipitaciones en la cordillera de Los Andes y se mueve lentamente por debajo de la superficie en medios porosos o fracturados hasta llegar al Océano, donde, al igual que el agua superficial, desemboca. A priori cuesta imaginar qué son estos acuíferos subterráneos o cómo se ven: una buena aproximación es pensar que tenemos una caja llena de arroz y que en el espacio vacío que queda entre cada granito hay agua líquida que es capaz de desplazarse y acumularse, y que podemos aprovechar.

Sabemos que en el contexto de sequía, como la que estamos viviendo, la recarga de estos acuíferos es menor debido a la disminución de precipitaciones, por lo que el manejo consciente del agua es cada vez más importante. Estas reservas de agua subterránea son sumamente vulnerables, tanto desde el punto de vista de la disminución de ese stock como por los riesgos de contaminación. En los sectores costeros este recurso es aún más vulnerable ya que el agua dulce está directamente en contacto con el agua salina y eso puede producir un proceso llamado intrusión salina. Este proceso está causado por el ingreso de agua de mar en los acuíferos de agua dulce y tiene causas naturales como el aumento del nivel del mar, o causas antrópicas, como una excesiva explotación del agua subterránea, que conlleva una disminución de su nivel y que favorece la entrada de agua salina. Si esto ocurre, la calidad del agua se degrada y su uso se hace imposible tanto para riego como para consumo humano.

Chile es un país que tiene 6.000 kilómetros de costa y esta alberga la mayoría de las grandes ciudades, como Viña del Mar, Valparaíso, Concepción, Puerto Montt, Valdivia, La Serena y Antofagasta, entre otras.

En general, la densidad de población es significativamente mayor en las áreas costeras que en las continentales y existe una tendencia constante de migración hacia la costa, asociada a cambios demográficos globales. Las tasas de crecimiento y urbanización de la población costera están superando el desarrollo demográfico del interior, impulsado por el rápido crecimiento económico. En China y Bangladesh, por ejemplo, la población en la zona costera creció alrededor del doble de la tasa de crecimiento nacional entre 1990 y 2000. En Chile, durante el último censo se vio cómo la dinámica urbana de ciudades como Antofagasta y Puerto Montt, acompañan a las comunas del Gran Santiago en los puestos de avanzada en términos de expansión demográfica.

En un contexto social de crecimiento de la población mundial y en específico en zonas costeras, el agua subterránea es un recurso fundamental e insustituible en aspectos relevantes de nuestra vida. Por lo mismo es de vital importancia tener un conocimiento acabado de los acuíferos, de sus procesos de recarga y de cuánta agua pueden proporcionar sin producir un daño irreversible y protegerlos de fenómenos de contaminación como la ingresión salina anteriormente mencionada.

Si bien el Estado tiene un registro de los reservorios de agua superficial como de los acuíferos subterráneos, no existe una política pública clara sobre el manejo del agua que tenemos bajo tierra. Es decir, existen catastros parciales de los pozos perforados en cada acuífero, se otorgan derechos para poder extraer agua de dichos pozos, pero el Estado no tiene la capacidad de responder a la pregunta de cuánto es el máximo de agua que se puede extraer desde un acuífero sin producir daños irreversibles en un contexto de cambio climático. Esto significa que no existe la capacidad de realizar un manejo adecuado del recurso. Tener estudios recientes y completos sobre estos acuíferos en su estado actual y su proyección a futuro es el gran desafío en el país para el corto plazo.

Puedes leer la publicación en Qué Pasa de La Tercera aquí.

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By Daniele Tardani, researcher at CEGA and associate professor at Universidad Estatal de O’Higgins (UOH).

As we all know, the drought is affecting us seriously in many aspects, and one of them is that the lack of rain is reducing the possibilities of supplying water for human consumption. In addition, high temperatures, caused by climate change, cause a significant increase in the evaporation of this resource, which further complicates this problem. Therefore, the proper use of this element and the care of the reserves is fundamental, we are talking not only about the water we see on the surface but also that which is underground.

And, at this point, subway aquifers are of vital importance. They contain a high percentage of the water we consume and are fundamental in coastal areas, where surface water resources are saline and therefore unusable for irrigation, human consumption and many industrial processes.

In the past, cities were mainly supplied by surface water located in lakes, rivers, lagoons, etcetera. But nowadays this is practically impossible, because it is mostly polluted, except in very pristine places such as Patagonia. Thus, it is mainly used in dams and in some industrial activities.

So, everything related to food production, drinking water supply and crop irrigation, in many parts of the country and the world, is mostly done through groundwater. In a UNESCO report of the year 2022, it is mentioned that 70% of the world’s groundwater extraction is used for food production. This water is less evident, it infiltrates the ground by precipitation in the Andes Mountains and moves slowly below the surface in porous or fractured media until it reaches the ocean, where, like surface water, it flows into the sea. A priori it is difficult to imagine what these subway aquifers are or what they look like: a good approximation is to think that we have a box full of rice and that in the empty space between each granite there is liquid water that is able to move and accumulate, and that we can take advantage of.

We know that in the context of drought, such as the one we are experiencing, the recharge of these aquifers is lower due to the decrease in precipitation, so conscious water management is increasingly important. These groundwater reserves are extremely vulnerable, both from the point of view of the reduction of this stock and the risks of contamination. In coastal areas, this resource is even more vulnerable because fresh water is directly in contact with saline water and this can lead to a process called saline intrusion. This process is caused by the entry of seawater into freshwater aquifers and has natural causes such as rising sea levels, or anthropogenic causes, such as excessive exploitation of groundwater, which leads to a decrease in its level and favors the entry of saline water. If this occurs, water quality degrades and its use becomes impossible for both irrigation and human consumption.

Chile is a country that has 6,000 kilometers of coastline and this is home to most of the large cities, such as Viña del Mar, Valparaíso, Concepción, Puerto Montt, Valdivia, La Serena and Antofagasta, among others.

In general, population density is significantly higher in coastal areas than in continental areas and there is a constant trend of migration to the coast, associated with global demographic changes. The growth and urbanization rates of the coastal population are outpacing the demographic development of the interior, driven by rapid economic growth. In China and Bangladesh, for example, the population in the coastal zone grew at about twice the national growth rate between 1990 and 2000. In Chile, the last census showed how the urban dynamics of cities such as Antofagasta and Puerto Montt, accompany the communes of Santiago in the outposts in terms of demographic expansion.

In a social context of world population growth and specifically in coastal areas, groundwater is a fundamental and irreplaceable resource in relevant aspects of our lives. Therefore, it is of vital importance to have a thorough knowledge of the aquifers, their recharge processes and how much water they can provide without causing irreversible damage and to protect them from contamination phenomena such as the aforementioned saline ingression.

Although the State has a register of surface water reservoirs and subway aquifers, there is no clear public policy on the management of the water we have underground. In other words, there are partial registries of the wells drilled in each aquifer, rights are granted to extract water from these wells, but the State does not have the capacity to answer the question of how much water can be extracted from an aquifer without causing irreversible damage in a context of climate change. This means that there is no capacity to adequately manage the resource. Having recent and complete studies on these aquifers in their current state and their future projection is the great challenge in the country for the short term.

You can read the publication in Qué Pasa here.

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